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Las modalidades de lo sagrado poblaron el mundo. ¿Acaso los ojos humanos no lo vieron entonces entero encantado? El símbolo, el rito o el mito alcanzaban a las cosas y las transfiguraban. La huellas de la cosmogonía se manifestaban. Y Dios -o los dioses- se hacían presentes, en los cambios, en los ciclos, en la muerte y el eterno renacer. A ello no podía sino estar asociada una aproximación reverente del hombre a los objetos, a los fenómenos de la naturaleza, respetuosa por cierto y no exenta tampoco de temor. Extasiado en el asombro, la mirada perpleja ante tanta maravilla, puro misterio y milagro. Nació entonces lo sagrado y lo sublime. Lo indecible a que había que dar sentido.
Dafne se volvió laurel.
Nos revela Mircea Eliade, en su Tratado de Historia de las Religiones (Cristiandad, Madrid 2000), cómo en aquellos tiempos no había sector de la vida fisiológica, económica, espiritual o social en que no estuviera presente lo sagrado. Y se pregunta si es posible pensar en algo -un objeto, un gesto, una función del cuerpo, un ser o un juego- que no haya sido transfigurado alguna vez, en alguna parte, a lo largo de la historia, en motivo sagrado, en hierofanía. El canto y la danza, los juegos infantiles, la arquitectura, los medios de transporte, tuvieron en algún momento el prestigio de la actividad sagrada o cultual. Lo mismo ocurre, nos explica, con los animales o las plantas, con los oficios, las artes, industrias y técnicas, todos provistos de un significado, de un origen sagrado. Y también con los trabajos -la caza, la pesca, la agricultura-, los gestos cotidianos -levantarse, caminar, correr, descansar y dormir- y los actos fisiológicos como la alimentación y el sexo -especialmente este último, por supuesto. Como consecuencia de ello, el mundo parecía encantado. Estaba encantado. Como sigue estándolo, aunque cada menos para nuestros sentidos.
Es posible que nada haya escapado a estos procesos de transfiguración de la realidad que se han desarrollado durante milenios. De ellos aún encontramos huellas en nuestra vida, cada día menos significativas.
Hemos perdido la capacidad para apreciar el mundo con una mirada semejante. ¡Qué lejana a nosotros la posibilidad de captar en la vida la sacralidad de las ’formas perfectas’, como hacían los helenos, o entender el sentido del símbolo revelador, o sentir profundamente las estaciones, los ritmos, las generaciones, o intuir en las piedras la presencia escondida del espíritu o aspirar el aliento sublime que atraviesa lo cotidiano, transformando la rutina en revelación.
El racionalismo, el positivismo materialista, la ciencia y la técnica, ¡qué mala jugada no han pasado! Pretendiendo mostrarnos la realidad ‘cómo es’, en verdad nos muestran la cara de las cosas y de los fenómenos desencantados, sin la chispa del espíritu a punto de asomar. De las meras y baldías superficies y del creciente automatismo a que nos confina la soberbia de nuestra pequeñez.
Reabrir los espacios del encanto. La tarea del futuro. Metamorfosear lo cotidiano. Transformar las prisiones en espacios abiertos a la luz.
Tarea del poeta. Recuperar la memoria.
Recordar que cada nave y cada brisa
cada viaje y cada puerto
cada ola en la calma o la tormenta
cada grito de horror en el naufragio
cada muerte y cada nacimiento
cada luz y cada sombra
cada ambigua apariencia
y cada encumbrimiento
cada ritmo cósmico y humano
revelan un deseo
una compartida dirección -
cada alto y cada movimiento
cada paso disfraza el anhelo
el ansia velada o descubierta
la urgencia de volar.
(Estado del tiempo, RIL, Santiago 2010)
Recordar que cada imagen
cada movimiento
bajo el cielo cubierto o estrellado
cada ambigua melodía
o imperfecto silencio
que nos llega de reinos impalpables
cada paso y cada freno
en la superficie o el subsuelo
cada flor y cada incendio
es cual pura ficción descabellada
cada luz que emerge de la sombra
y cada apagamiento.
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© 2012 Lino Althaner






ene 17, 2012 @ 08:53:35
Estimadísimo Lino:
Hace algún tiempo publiqué, en uno de los libros que ya conoces, un poema cuyo fin fue revitalizar lo sagrado. Se trata de un recuerdo de otras vidas, cuando el ser humano encontraba sus pares en la naturaleza y en sus seres, visibles e invisibles. La naturaleza tiene espíritus, la habitan y la desencadenan. El ser humano se asombraba de ella y no huía; su asombro era reverencial y una señal del amor que sentía hacia todos los elementos. Hasta que ese amor se transformó finalmente en temor, entonces decidió combatir a la naturaleza y se propuso vencerla. Por un tiempo cree conseguir ese objetivo, pero la naturaleza sólo deja hacer y tolera un instante pequeño en la evolución, luego se reacomoda. Hay quienes aseguran que el planeta es un objeto y no siente, cómo puede ser, si detrás de él está el espíritu de la Conciencia que faena todas las creaciones.
El asomobro despertó, a su vez, la reflexión y de ella nació el lenguaje, primero espirutual y luego conceptual, para trata de explicar lo que se veía.
Hoy ya es tarde, el ser humano no recuperará su asombro, con sus ruidos y su presencia rompe con lo sagrado. La divinidad dejará todo a su suerte, como debe ser y sólo rescatará al espíritu a su imagen. Creo que se requiere de una nueva creación, con nuevos hombres, lejos de la ley y de las banderas y todos los símbolos que hacen que los seres humanos se complazcan de estar separados unos de otros. Lo sagrado, hoy está lejos de las obras humanas, se descalifica a lo sagrado, es motivo de mofas, porque el ser humano cree poder explicarlo todo, pero no explica qué hay detrás de la naturaleza.
Como siempre, un abrazo en XTO.